Una de las cuestiones más trendy del momento, en el ámbito de los RRHH es sin duda  el debate sobre la felicidad en el entorno laboral.

En este tiempo de crisis económica y necesidad imperiosa por mantener nuestro puesto de trabajo, son muchas las ocasiones en las que oímos eso de: “no te quejes de tu trabajo, eres un privilegiado”. Y efectivamente, lo somos. No obstante, teniendo en cuenta que en España se  trabaja una media de 41,6 horas a la semana, entendemos que además de mantener nuestro puesto de trabajo, deberíamos  sentirnos satisfechos, ilusionados y comprometidos con él para ser felices.

Actualmente el entorno no facilita la felicidad “per se”: incertidumbre, presión, cambios repentinos… por lo que debemos optimizar al máximo la gestión de nuestras emociones. En España, para una generación que actualmente ronda entre los 40 y 50 años, todavía sigue resultando complejo realizar una gestión emocional que permita compartir y verbalizar espontáneamente los  sentimientos.

La gestión de sentimientos en el entorno laboral

Las emociones son una hoja de ruta interna que nos proporciona mucha información. Sin embargo, no siempre resulta fácil entender su mecanismo, ni manejarlas en el día a día, lo cual puede generar desasosiego y sufrimiento. En palabras de  E. Punset, “la felicidad es la ausencia de miedo”. No deberíamos trabajar bajo el temor a ser despedidos o a que nos bajen el sueldo o a no cobrar el bonus, si no pensando en conseguir la mayor productividad y resultados que proporcionen a nuestra organización la solvencia necesaria para garantizar su continuidad, y con ello la nuestra.

Felicidad en el trabajoPara esa generación, la competitividad, la dedicación y el esfuerzo primaban por encima de la colaboración, el compromiso y la motivación, y suponían las variables para entender un excelente desempeño y por ende, productividad en un puesto de trabajo. En cambio las generaciones emergentes en el mundo laboral, aquellas que empiezan a labrarse un futuro, tienen claro su principal objetivo, pese a que la situación económica es devastadora: ser felices.

Sus prioridades y expectativas son otras. Entienden que lo que se les debe exigir son resultados, al margen de las horas que permanezcan en su puesto de trabajo. Su tiempo de ocio es “sagrado”, y no solo lo invierten en salir y divertirse.  Una gran parte de esta Generación Y (conocida así por la  similitud fonética entre el sonido de la Y en inglés [uai] y la palabra Why; por qué), emplea su tiempo libre en actividades que también requieren compromiso, esfuerzo y disciplina (deportes, voluntariado, idiomas, etc.).

El relevo generacional, que viene pisando fuerte con esta mentalidad, y la situación crítica del entorno actual, hacen que  otras cuestiones, además del desempeño y la dedicación,  tomen cierta  relevancia a la hora de gestionar a las personas. Una correcta dirección (ese liderazgo inspirador que está tan de moda), un ambiente colaborativo, unas directrices fundamentadas en la ética y los valores y  el refuerzo positivo para generar,  y aumentar,  el compromiso; son variables que influyen directamente en la felicidad del empleado. Cuanto más felices seamos en nuestro trabajo, mayor será nuestro rendimiento y mejores nuestros resultados.

Felicidad laboral

La felicidad es, en definitiva, un concepto relativo, y aunque no encontraremos a dos personas que sean dichosas por las mismas razones, es claro que en el entorno laboral actual hay otra cuestión que incide directamente en el grado de felicidad del individuo: seremos más felices cuanto mayor sea nuestra capacidad para adaptarnos y encarar los vertiginosos cambios que nos rodean.

Esta idea tiene también una denominación, casi igual de trendy: resiliencia.  Aplicada a las personas, este término que tiene su origen en la ingeniería, no es otra cosa que la capacidad del individuo de recuperarse ante las vicisitudes, contratiempos y adversidades. Si hace años una de las competencias que evaluábamos los profesionales de RRHH era la flexibilidad y gestión del cambio, actualmente este comportamiento es como el valor en el ejército: se presupone.  No basta con adaptarse, incluso con promover los cambios, sino que debemos aceptar con optimismo y proactividad aquellos que vengan provistos de desventajas y  contrariedades,  y buscar en ellos  el lado más amable y positivo.

La resiliencia es, por tanto, una habilidad que puede ser desarrollada. En consecuencia, las muchas dificultades que nos plantea la vida no pueden servir como excusa para justificar nuestro derrotismo. Debemos encontrar la manera de enfocar con optimismo nuestro trabajo y no dejarnos llevar por el desanimo, intentando transmitir esta idea a nuestro alrededor. Este reto es especialmente importante en los líderes y managers que gestionan equipos.

Sin pretender revelar el secreto de felicidad, sí nos conformamos habiendo ofrecido algunas  pistas que ayuden  a conseguirla  en estos tiempos convulsos. Las personas más felices serán aquellas que saben qué hacer frente a los problemas, aprendiendo a superarlos con optimismo y proactividad.